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Liderazgo del profesor para mejorar la educación en las escuelas

Liderazgo del profesor para mejorar la educación en las escuelas
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La razón de ser de toda escuela son los alumnos. Sin ellos, no habría escuela. Así, el quehacer pedagógico  básico y cotidiano del profesor son los estudiantes. De él depende, en gran medida, lograr los aprendizajes que necesitan sus discípulos para desenvolverse competentemente en este mundo global, pero también en un país multilingüe y pluricultural como el nuestro.

El desafío es complejo. Un desafío único solo puede ser abordado por personas únicas: el profesor o la profesora. El alumno es como el pequeño que solo sabe pedir su leche y pan cada mañana a la madre. El alumno espera también cada día una clase mejor de su profesor, una clase donde aprenda divirtiéndose desde la primera pisada,  palabra,  sonrisa y actitud  en el aula.

Lograr buenos aprendizajes en los alumnos constituye el sello de estos tiempos, marcan la tendencia pedagógica dominante de la época. Toda la gestión, del director y del profesor, deben estar dirigidas a garantizar aprendizajes de calidad y; por ende, el éxito educacional de los alumnos. Esta clase de liderazgo pedagógico es la que requieren nuestras escuelas. Todo lo demás podría decirse que es importante pero irrelevante.

Así lo confirman informes y programas de organizaciones representativas, así como investigaciones de reconocidas personalidades internacionales. A mi modo de ver no existe liderazgo pedagógico más transformador que el que realiza el profesor en la gestión y conducción de la clase.

El liderazgo pedagógico de un profesor debe caracterizarse por ser un eterno inconforme, en lucha permanente consigo mismo; debe vivir, por así decirlo, para la clase. Su clase de hoy debe ser mejor que al de ayer y el de mañana mejor que el de hoy; desde la planificación y su ejecución en el aula.

Nadie mejor que el propio docente para saber cuándo dio una buena clase, si logró los aprendizajes previstos o no, determinar en qué falló, cuáles son sus debilidades y cómo habrá que superarlos para bien de los alumnos.

En este escenario no hay tiempo para lamentaciones, ni para la búsqueda de culpables, ni para excusas. Solo cabe hacer lo que corresponde con todas los puntos débiles, con todos los contras, con todas las amenazas; pero también con todas las oportunidades y con todas las fortalezas que se tienen.

Y hay que hacerlo ahora, todos los días hasta el final de la carrera. Con la satisfacción del deber cumplido, de haber cumplido con la patria como González Prada, Grau, Bolognesi, Encinas, Antúnez de Mayolo, Basadre,  para mencionar solo algunos peruanos gigantes.

No esperar reconocimientos de gobernante alguno. Ellos tienen otras prioridades. Muchas veces es mejor estar preparado para lo contrario. El autor tiene veinte y ochos años de servicios y de un tajo fue “ubicado” en el primer nivel según el mandato de la actual ley del profesorado; ubicación que sabe a una puñalada certera dado con odio en el corazón.

Sin embargo, como en Canto Coral a Túpac Amaru de Romualdo no podrán matar la sangre de profesor que corre por las venas. El compromiso mayor, el único, son nuestros estudiantes. Solo a ellos, a Dios y a nuestra conciencia rendiremos cuentas de cuánto hicimos para formarlos bien; para que los conocimientos, habilidades, destrezas, el buen manejo de sus emociones, su motivación y voluntad, entre otros, que aprendieron en clase sea como una luz en sus vidas donde aprenderán otras luces.

El año pasado desarrollé un proyecto de innovación y el resultado más trascendente es que logré mejorar los aprendizajes de mis estudiantes. Ese es un resultado que vale como la satisfacción de dormir en paz con mi conciencia. No me paralicé frente a la complejidad de factores adversos. Sólo tenía que seguir mi camino porque como dice un proverbio chino  “No se puede andar mil millas si no se da el primer paso”.